Jugar es mucho más que una actividad para los niños. Es una forma de aprender, descubrir el mundo, desarrollar habilidades y vincularnos con los demás, y también cumple un papel fundamental durante la vida adulta, ayudándonos a mantenernos activos, vitales y conectados.
En los primeros años, los juegos sensoriales con luces, sonidos, texturas y diferentes materiales, acompañan el desarrollo y permiten que los niños aprendan a través de la exploración. A medida que crecen, el juego también puede incorporar el contacto con la naturaleza, la tierra y el entorno, estimulando la curiosidad y el aprendizaje. Plantar, observar insectos, cuidar una planta o simplemente jugar al aire libre son experiencias que favorecen el descubrimiento y el vínculo con el ambiente.
Otro aspecto fundamental es jugar con otros. Los juegos de roles permiten que los niños exploren diferentes situaciones del mundo adulto, asuman personajes, desarrollen su imaginación y aprendan mediante el ensayo y error. Cocinar, ser carpintero, médico, músico o bombero son maneras de experimentar y comprender diferentes realidades.
El juego también puede ser una herramienta para compartir en familia. Los juegos de mesa, los clásicos y las propuestas para distintas edades generan espacios de encuentro que permiten alejarse por un momento de las pantallas y recuperar el tiempo compartido. En este sentido, la lectura también puede formar parte de las rutinas familiares, especialmente como parte de la higiene del sueño y del momento de relajación antes de dormir.
La música ocupa, además, un lugar especial: es una forma de expresión y comunicación que puede estimularse desde los primeros años y acompañar el desarrollo de los niños.
Porque jugar no tiene edad: es una manera de aprender, crear, compartir y mantenernos conectados con los demás a lo largo de toda la vida.
MIKANGAROO
Silvana Stolowicz,
Tienda y talleres para madres Docente en primera infancia y emprendedora maternal
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