En la era digital, las redes sociales ocupan un lugar central en la vida de niños y adolescentes. Lo que empezó como un espacio para compartir fotos o conectarse con amigos se ha convertido en un universo complejo, donde la exposición, los estereotipos y la necesidad de aprobación pueden afectar profundamente la salud emocional.
La doctora Carolina Abuchalja, especialista en educación y fundadora de EDU School, explica que muchos padres se sienten tranquilos al saber que sus hijos están “seguros en casa”, pero no siempre son conscientes del mundo al que acceden desde su habitación. “Pueden estar en grupos que incitan al odio, a la delgadez extrema o a la autoexigencia desmedida, y muchas veces con personas que no son quienes dicen ser”, advierte.
La comparación constante con ideales inalcanzables es uno de los grandes riesgos. “Vemos adolescentes que comienzan tratamientos estéticos antes de tiempo, dejan de comer o se obsesionan con el ejercicio para parecerse a modelos irreales”, agrega Abuchalja. Cuando el cuidado del cuerpo se vuelve una obligación o un castigo, se transforma en una fuente de sufrimiento.
Además, el aislamiento es otra consecuencia frecuente: chicos que dejan de compartir momentos en familia, que comen solos o que tapan su cuerpo incluso en verano, son señales de alerta. “El diálogo y la observación son claves —destaca la especialista—. Hay que prestar atención a los cambios de conducta y pedir ayuda profesional si es necesario”.
El desafío para los padres es acompañar sin invadir. Validar lo que sienten, reconocer sus logros y recordarles que no necesitan ser “perfectos” para ser queridos. “Cuidarse está bien, pero sentirse aceptado es fundamental. Los adolescentes necesitan saber que sus padres están ahí, sin juzgar, dispuestos a escucharlos”, concluye.
En un tiempo donde las pantallas parecen dominarlo todo, volver al contacto humano, a la conversación cara a cara y al afecto genuino puede ser el mejor antídoto frente a los riesgos de las redes.