Cuando hablamos de dolor físico, muchas veces pensamos solo en músculos, articulaciones o lesiones. Pero quienes trabajan diariamente con pacientes saben que el dolor tiene una raíz mucho más profunda y compleja. Para entender mejor esta relación, conversamos con Sandra Fugazot, licenciada en fisioterapia del consultorio del Dr. Tarabini, donde combinan tratamiento terapéutico, acompañamiento emocional y coaching generativo.
La importancia del trato humano
Sandra lo resume de forma sencilla: “Cada día intentamos ser más humanos y menos máquinas”. Aunque parezca obvio, la empatía no siempre está presente en los espacios de salud. Muchos pacientes llegan con dolor físico, pero también con miedo, angustia e incluso signos de depresión derivados de ese dolor sostenido en el tiempo.
El equipo del consultorio trabaja desde la escucha, el acompañamiento y la calidad del tiempo dedicado, más allá de su duración. Ese enfoque marcó una diferencia clave en los últimos 25 años de práctica.
Por qué el coaching cambió los tratamientos
Hubo un momento en el que algunos pacientes, aun con buenos procedimientos terapéuticos, no terminaban de mejorar. Fue entonces cuando integraron el coaching generativo, una herramienta que permite indagar qué está atravesando emocionalmente el paciente:
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¿Qué le pasó?
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¿Qué le genera miedo?
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¿Qué piensa que puede empeorar?
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¿Qué hábitos adquirió durante el dolor?
La clave está en entender que el dolor no solo afecta al cuerpo, también transforma nuestras emociones, y esas emociones pueden, a su vez, bloquear la recuperación.
El miedo: un freno tan fuerte como el dolor
Muchas personas comienzan a evitar actividades, lugares o movimientos por miedo a que les duela, incluso cuando ya están físicamente recuperadas. Como decía Sandra, “muchas veces no dejamos de hacer cosas por dolor, sino por miedo al dolor”.
Ese miedo modifica posturas, hábitos, forma de caminar y hasta la autopercepción. Lo que imaginamos que podría pasar —como recuerda Marian Rojas— la mayoría de las veces nunca ocurre, pero condiciona profundamente la vida cotidiana.
El movimiento: la herramienta que libera
Durante años se recomendaba “quedarse quieto”. Hoy se sabe que es exactamente lo contrario: hay que moverse, pero de la manera adecuada. El movimiento guiado, seguro y progresivo ayuda a que el cuerpo recupere fuerza, confianza y funcionalidad.
Además, gran parte del tratamiento incluye rehabilitación propioceptiva, ese “moñito final” del proceso que ayuda al cerebro a reconocer nuevamente que el cuerpo está bien, que puede moverse, que ya no hay lesión.
Dolor, emoción y cuerpo: un mismo sistema
El tratamiento no es solo técnico: el vínculo emocional, el acompañamiento psicológico y la contención son pilares tan importantes como los ejercicios o las maniobras terapéuticas.
El dolor crónico no es solo físico. Es una experiencia integral que involucra al cuerpo y a la emoción al mismo tiempo. Por eso, integrar ambas miradas —la profesional y la humana— logra resultados que trascienden lo clínico.